El shock psíquico y el terror físico, las jornadas demasiado duras y largas de trabajo junto a la desnutrición crónica y la carencia de higiene constituían las causas de la mayoría de las enfermedades en el campo.
Casi todas
las enfermedades infecciosas se daban en Auschwitz: la
disentería, la malaria, el tifus y la tuberculosis, e
incluso el tifus exantemático; la caquexia (el total
agotamiento de las energías vitales como consecuencia
de un debilitamiento general y la anemia), los edemas
provocadas por el hambre, la sarna y las úlceras de
noma (que carcomían la boca ahuecando las
mandíbulas y perforando las mejillas como un
cáncer), pero también las heridas provocadas
por cortes o fracturas, en la mayoría de los casos,
tenían la muerte como consecuencia.
Si los
presos no morían enseguida como consecuencia de sus
enfermedades, eran seleccionados para ser enviados a las
cámaras de gas, dado que ya no estaban capacitados
para trabajar. Esas selecciones se llevaban a cabo o en los
bloques de los presos o en la enfermería.