En la última fase de la guerra, la industria armamentista reclamaba cada vez más manos de obra; aquéllos, que en la selección a su llegada habían sido calificados de capacitados para el trabajo, eran trasladados al campo "Mexiko".
Este sector del campo de concentración en Auschwitz-Birkenau todavía no estaba terminado. Allí los presos tenían que permanecer hasta que eran enviados en un segundo transporte a uno de los campos de trabajo. Ya que no iban a quedarse en Auschwitz, a estos presos no les era tatuado el número de registro tan típico de Auschwitz.
En el nuevo sector del campo se daban las mismas condiciones de vida, tan inhumanas y con las mismas consecuencias devastadoras, que en un principio habían sufrido también en el campo de mujeres de Birkenau y más tarde en el campo de los gitanos. La carencia de las instalaciones higiénico-sanitarias más imprescindibles y la falta de agua eran las causas principales de una tasa de mortalidad muy elevada.
En la jerga del campo denominaron este nuevo sector "Mexiko". Los internados no recibían las habituales ropas y mantas del campo, sino aquellas mantas, de las que habían sido despojados los deportados, del campo "Kanada". Cuando los internados de este sector del campo se movían apretujados con sus mantas, esa imagen multicolor evocaba asociaciones con Méjico.